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Full text of "Canciones de la huerta [por] Juan María Óliver (hijo)"

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CANCIONES DE LA HUERTA 



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JUAN M.a ÓLIVER (HIJO) 



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(IB 




MONTEVIDEO 

Imp. y Lib. Mercurio, de Luis y Manuel Pérez 

Calle 25 de Mayo núm. 467 
1914 



JULIO A. ÓLIVER 

INFATIGABLE TRABAJADOR DE LA TIERRA 

EN SU 

GRANJA DE TACUAREMBÓ CHICO 



Mari Barba. — Y ¿hay en los jarales oL.a 
pera versos fan pulidos? 
Juglar. — Hayla, dueña. 
Monloro. — Hay sombra fresca 
y agua de la sierra. 

E. MAROUINA.- -Doña María la Brava- 



CANCIONES DE LA HUERTA 



BAJO EL SOL DE OTOÑO 



A Pilólo v Zobeida Rodríguez Bas. 



Rima en el huerto la tarde 
la vieja canción árnica 
de las dulzuras amables 
y las hojas amarillas. . . 
— la de las ramas sin nidos, 
la de las cosas antiguas 
que se acuerdan al calor 
de la luz serena y tibia 



10 JUAN M.' ÓL1VER (HIJO) 



de los soles otoñales. . . 
— la de tantas cosas idas 
para siempre. . . la esperanza, 
el ave, la flor, las rimas. . . 
las palabras de unos labios 
llenos de melancolía. . . 
— la tristeza de unos ojos 
que se amaron. . . la divina 
blancura de aquellas manos 
que apaciguaron mis iras. , . 



Hay en los tristes jardines 
como una paz enfermiza. . . 
Parece que en el ambiente 
sereno del mediodía 
vaga un rumor musical 
de nostalgias infinitas, 
de pensadoras antiguas 
y penas desconocidas. . . 



CANC/ONES DE LA HUERTA ll 



Parece que en esa luz 
que baja dulce y tranquila 
sobre los jardines muertos, 
viejos violines de Hungría 
sollozan, se quejan, lloran 
una languidez divina 
de pobres convalescientes 
que aman esta tarde tibia 
de tedio, de sol, de rosas 
que se deshojan. . . 



La vida 
me pone un sueño en el alma 
y en el ensueño una rima, 
por todas las flores muertas; 
por todas las cosas idas. . , 



CANCIONES DE LA HUERTA 13 



CREO EN TI, MADRE TIERRA. 



Y bajo el sol de Oíoño, paternal y sereno, 
mientras caen las hojas y se mueren ¡as flores, 
¡creo en ti, Madre Tierra, que nutres con tu seno 
toda una pobre raza de oscuros luchadores! 



Creo en tí, que te muestras áspera, recia y dura, 
en la cumbre bravia o en la vasta ladera 
y lo mismo te abres para una sepultura 
que para el florecer de una sementera. . . 



H JUAN M.» ÓLIVER (hijo) 



Creo en ti, que te das a todos, noble y justa, 
¡magna madre que calmas nuestras hondas fatigas 
y, eterna y virgen, eres la Emperatriz Augusta 
de un pueblo que combate por conquistar espigas! 



Porque tú sola eres la única y la fuerte 
que no se desespera; porque de cada herida 
que recibe tu cuerpo arrancas a la muerte 
un germinar potente y fiero de la vida. . . 



Porque eres para todos la maga encantadora 
de los raros milagros, y al rico y al mendigo 
lo mismo das el pan que en los hornos se dora, 
como al sol se doraba en las cañas del trigo. . . 



Porque has engendrado las sencillas pasiones 
que el pobre miserable de espíritu desprecia; 
poique has puesto en la paz de nuestros corazones 
el afán de vivir, tierra áspera y recia. . . 



CANCIONES DE LA HUERTA 15 



Porque eres estéril para e¡ frío egoísmo 
que dicta un anatema a todos los arados; 
porque encarnas el numen de ese alto idealismo 
que campea en el noble vigor de los sembrados. . 



Porque a todos ofreces la robustez hermosa 
de tu carne morena, y en tu seno fecundo 
lo mismo das tu leche a la estirpe gloriosa 
que a la raza maldita o al pueblo vagabundo. . 



Madre! . . 

Cuando a tus brazos mis ¡aligas me llamen 
y termine esta vida de amores y dolores 
¡haz que los versos míos sus pasiones derramen 
en una raza grande de fuertes labradores! 



CANCIONES DE LA HUERTA 17 



LOS CLAVELES 



Sí. . . Te siento que vas con las otra' 

vestida de fiesta; 

todos lleno- de risas los ojos, 

la boca bermeja 

como flor de granado de linda, 

de húmeda y fresca. . . 



Te cruzas conmigo en la calle. . . me miras. 

tus párpados tiemblan. . . 

¡y un suspiro que había en tu pecho 

se muere de pena! 



18 JUAN M» ÚLIVER (hijo) 



Aunque no te acuerdes de los días viejos, 

aunque no me creas, 

iré, como siempre, 

a ver en la reja 

donde tantos ensueños tuvimos 

y tantas quimeras 

¡cómo sangran los pétalos rojos 

la sangre que llevo latiendo en mis venas! 



La casa, como antes, 

parece desierta. . . 

El útimo rayo del sol que se pone 

deja en las vidrieras 

un rastro vibrante de oro y de fuego. . . 

Allá en la maceta 

los grandes claveles, — como corazones 

partidos al medio por un navajazo, — 

se mueren, sangrando sangre de mis venas! 



CANCIONES DE LA HUERTA 19 



¡No importa que pases 

vestida de fiesta! . . 

¡no importa que rían tus ojos oscuros, 

tu boca bermeja! . . 

Yo sé que de noche 

mientras sola quedas, 

y ellas entre risas 

sus amores cuentan, 

— junto a la ventana 

tus manos de reina 

amontonan con muchos cariños 

y muchas tristezas 

¡los pétalos rojos 

de aquellos claveles que dieron mis penas! . 



CANCIONES DE LA MUERTA 21 



VIDAS HERMANAS 



Vives siguiendo la pobre yunta 
y arando siempre. . . 



Somos hermanos, y mientras labras 
la extensa huerta que el sol fecunda, 
y mientras marchas tras de tus bueyes 
abriendo surcos largos y hondos, 
y en ellos viertes 
con ademanes nobles y austeros 
los nobles gérmenes 



22 JUAN M.« ÓLÍVER (Hijoj 



de las cosechas, yo también labro, 
humilc emente, 

frente a tu huerta que el sol fecunda, 
estas canciones de amor y fiebre 
que llevan mucho de tus afanes, 
que tienen mucho de tus quereres! 



Así es la vida, como tu huerta, . . 

El amor tiene 

del sol de Otoño 

las claridades resplandecientes, 

y acaso el alma, como esa tierra, 

que labras siempre, 

siempre está llena 

de surcos hondos y de simientes! 



Y como anhelas que el agua caiga 

y fecundice tus sementeras, lo mismo llueve 

sobre la vida, — llanto que colma 

los hondos surcos que abrió la fiebre 

en esa huerta de mis amores 

donde los pobres versos florecen! 



CANCIONES DE LA HUERTA 23 



Yo sé que tienes puesta la vida 

en esa triste yunta de bueyes, 

en ese arado y en esa tierra. . . 

Yo sé que tienes 

el alma llena de amores vagos 

y de esperanzas que nunca mueren. . . 

Yo sé que esperas que tus cosechas 

compensen siempre 

las amarguras de tus sudores. . . 

Y así tenemos la misma fiebre, 

la misma vaga dulce esperanza, 

— esa esperanza que nos asiste remotamente, - 

de hacer el mismo trabajo, — el mismo! — 

seguir arando, arando siempre, 

como mi pena, como tu esfuerzo. 

como mis sueños, como tus bueyes 

que pasan toda la triste vida 

arando, arando. . . hasta que mueren! . . 



CANCIONES DE LA HUERTA 25 



ULTIMO FLORECER 



Es en vano que mires y remires 
desde tu senda oculta para verme 
sufrir sobre estas tierras... Es en vano, 
la juventud se va... y ésa no vuelve! 
¡Sobre mi corazón hay un silencio 
vasto y dominador como la muerte! 



Hoy sueño las divinas primaveras 
que pasan y no vuelven, 
las canciones amigas, 
las tardes que se mueren 



26 JUAN M.« OLIVER (HIJO) 



en la embriaguez del sol, y todas esas 

cosas que reflorecen 

dentro del corazón, cuando la pena 

sobre ellas pasa, y llueve 

su rocío de lágrimas la vida... 

Hoy vivo mi canción, y canto siempre! 

Miraste largamente mis pupilas 

para dejar en ellas esa fiebre 

que devoró tu entraña, — y no pudiste 

sufrir tan hondamente! 

Desfibraste mis músculos en esa 

larga lidia doliente, 

y sin embargo, canto todavía 

porque renazco en mi piedad . . . 

Soy fuerte! 



En medio de esta tarde de congoja 
que estruja el corazón hasta la muerte, 
¡en vano martilleas mis delirios! 
¡en vano martilleas en mis sienes! 



CANCIONES DE LA HUERTA 27 



La puerta de! hogar de aquel ei sueño 
se cerró para siempre 
y voló como un pájaro en la sombra 
la última canción... ¡Esa no vuelve! 

En vano has esperado la tristeza 

del Otoño que viene, 

porque el Otoño trae los recuerdos 

de todo lo que tiene 

sabor antigt'o y grácil; 

grato dulzor de mieles, 

matiz que no se olvida, 

versos que nunca mueren . . . 

Llegó el atardecer . . . Todo regresa 

para mi corazón. Se hace el milagro. 

— ¡pobre milagro de convalesciente! — 
de tornar los ensueños como amigas 
aves emigradoras, y se siente 

al retornar de todo 

que el milagro se hace y tú no vienes! 

No vienes a traerme tus canciones, 

— ¡oh musa de los lindos ojos verdes 
que guiaste mis pasos por la senda 
del amor puro y del saber doliente! 



CANCIONES DE LA HUERTA 29 



ESE MAL DE MI VIDA.. 



En vano buscas con tus gracias todas 
disipar mi dolor . . . 

¿ no ves que tengo en los silencios míos, 
sangrando el corazón ? . . 



¿No oyes esa dulce voz?.. Los cisnes 
cantan para morir . . . 
¡ todas las esperanzas de mi vida 
están muriendo así ! . . 



50 JUAN M.o ÓLIVER (HIJO) 



Guárdame en el refugio de tus brazos, 
y así descansaré . . . 
¡ llevo sobre mi vida la tristeza 
de Alfredo de Musset ! . . 



Ah ! . . tener en el pecho muchos odios 
y no poder odiar. . . 
llevar en las pupilas muchas lágrimas 
sin poderlas llorar . . . 



Sentir los versos que en el aire flotan 
de la larde de Abril 
y no tener palabras que los digan, 
y dejarlos morir . . . 



Tener que hablarte a solas muchas cosas 
y ya juntos los dos, 
sufrir la tiranía del silencio 
sobre mi corazón . . . 



CANC/ONES DE LA HUERTA 31 



Y no encontrar la frase que decirte 
y angustiado pensar, 

i cómo nos olvidamos, lentamente, 
sin poderlo evitar ! . . 

Y en la doliente pena que el Otoño 
vuelca sobre el jardín, 

pensar que hay tantos muertos en la vida 
que no pueden morir ! . . 

Sentir esa ansiedad indefinible 
de escuchar una voz 
que arranque la tristeza de las almas 
y alivie el corazón . . . 

Esperar el milagro de la vida 
libre ya del dolor, 

y saber que en el fondo de tu alma 
hace ya mucho que se puso el sol . . . 

¡Todo éso son mis penas!.. 
¡ Todo éso es mi dolor ! . . 



CANCIONES DE LA HUERTA 33 



COMO UN AVE MARÍA 



Sé piadosa en mi mal, como un Ave María, 
y florece en mi pecho como una melodía 
llena de la dulzura de mi melancolía . . . 
Sé mística y sé dulce; como un Ave María. 



He tenido un ensueño, — i oh sagrada belleza 
del ensueño sutil que llora de tristeza ! — 
Era como un incendio de vivos rayos rojos 
aquella llamarada que llenaba tus ojos . . . 



34- JUAN M.« ÓL1VER (hijo) 



En medio de la hoguera, sobre una cruz, había 
un alma que era esta dolorosa alma mía, 
mendicante y enferma. Y en aquel sacrificio 
mis pupilas veían, por cada quemadura, 
estallar una flor, una flor roja y pura 
que era como el voto de un mártir... ¡Oh suplicio 
de esta pobre alma mía ! . . 



Sé piadosa en mi mal, como un Ave María. 



Y de pronto tus ojos se tornaron de acero, 
como un cielo de noche invernal. Un lucero 
puro como un diamante, su flor de luz abría 
en aquella dureza de tus ojos ... Y había 
en la vasta y sombría soledad de amarguras 
de tus claras pupilas aceradas y duras, 
la espantosa fijeza de la muerte. Y la estrella 
permanecía fría, inmóvil, blanca, bella, 
fija como una maldición . . . ¡ Oh imperio 
del ensueño en que flotan el dolor y el misterio ! . 



CANCIONES DE LA HUERTA 35 



Aquella fría estrella que en tus ojos abría 
su cáliz como una flor deslumbrante y pura, 
era todo este hondo silencio de amargura 
que en mi alma florece como una melodía . . 



Sé piadosa en mi mal, como un Ave María. 



Y de pronto tus ojos fueron como el desierto, 
magníficos y llenos de angustia. En el incierto 
crepúsculo, hacia el rojo poniente, 
coronada de lumbre, erguía triunfalmeníe 
su cabeza la Esfinge ... — i Oh los mansos camt.,u. 
que bajan fatigados los dolorosos cuellos 
y llevan en los ojos, de una tristeza eterna, 
la visión de un oasis o de una cisterna!.. 
! Oh aquella caravana que dibuja en la arena 
el camino angustioso y estéril de la pena ! 
La tarda caravana de todos los dolores 
que bajo tus palabras se tornaron en flores, 

— extraña novia mía 
llena de la dulzura de mi melancolía!.. 



36 JUAN M« ÓL1VER (HIJO) 



Sé mística y sé dulce, como un Ave María. 



Y luego tus pupilas se hicieron dos puñales. 
Y en sus puntas se abrían, lívidas y fatales, 
dos flores vivas de luz . . , ¡ Oh, qué angustiosa 
hora de imploración ! . . Oh, cómo herían 
aquellos dos puñales, — y una sangrienta rosa, 
y otra rosa, y otra rosa en mis carnes abrían 
frenéticos de ira . . . 



— Y las hojas violentas 
de aquellos dos puñales se tornaron sangrientas, 
y destilaban sangre, y de mi carne rota 
también brotaba sangre, y había en cada gota, 
esplendoroso y vivo, un haz de rayos rojos. 
¡Oh frialdad asesina de tus divinos ojos ! . . 

— De tus ojos judíos, 

cuya lumbre bravia 
flota sobre la niebla de todos mis hastíos 
mística y dolorosa, como un Ave Mería ! . . 



CANCIONES DE LA HUERTA 37 



Extraña novia mía, cuyos ojos son flores 
de luz que un llanto acerbo eternamente riega; 
trágica y dulce madre de mis dolores, — ruega 

por todos los amores 

de mi alma sombría . . . 



Sé piadosa en mi mal, como un Ave María, 
y florece en mi sueño como una melodía 
llena de la dulzura de mi melancolía . . . 



CANCIONES DE LA HUERTA 39 



LA LLUVIA 



Lentamente y tristemente, 
lenta y triste cae el agua 
sobre los surcos abiertos. . . 
La tarde, brumosa y pálida, 
está llena de rumores 
indecibles, de plegarias 
a las nubes, de oraciones 
por la lluvia. . . En la casa 
hay una voz que domina 
otras voces y angustiada 



+0 JUAN M* OLIVER (HIJO) 



dice : c Dios quiera que llueva 
t da la noche, y mañana 
amanezca el ancho campo 
como una pampa de agua » . 



Es la oración por los surcos 
y por las tierras sembradas 
bajo los fríos de invierno 
sobre los copos de escarcha. . . 
Es el eterno rogar 
por la cosecha esperada 
que colmará de riquezas 
los graneros de la chacra, 
y dará pan a las bocas. 
y dará paz a las almas. 



Y en la noche, mientras llueve, 
con los rumores del agua 
que desciende de los cielos 
como una suprema' gracia, 
la moza sueña. . , 



CANCIONES DE LA MUERTA 41 



— Diciembre. . . 
el trigo forma montañas 
en las eras, bajo el so! 
que fatiga la mirada. . . 
entre el torbellino de oro 
que un remolino levanta, 
toda llena de prestigios 
surge una forma bizarra 
de huertano, . . y un cantar 
viene de lejos, y el alma 
va palpitando en ¡a copla 
llena de fuego y de ansias, 
un largo y dulce mirar. . . 
un coloquio en la ventana 
florida de madreselvas. . . 
un rasgueo de guitarra. . . 
y todo el campo dormido 
bajo la luna de piala. . . 



Lentamente y tristemente, 
lenta y triste cae el agua 
sobre tos surcos abiertos, 
como una suprema gracia. 



CANCIONES DE LA HUERTA 43 



SOL, PADRE NUESTRO 



Padre Sol, Padre Nuestro que estás en los cielos, 
¡ bendita sea la gloria de tu luz bella y fuerte, 

llena de bendiciones ! 
Padre Sol, — Padre Nuestro de todos los consuelos, 

¡ líbranos de la muerte, 
abre a la paz la vida de nuestros corazones ! . . . 



Santificada sea para siempre tu lumbre 
ahora y en la hora de nuestra pesadumbre. 



4* JUAN M.« ÚLIVER (HUO) 



Abre ü ia vida todas nuestras flores mejores 
de piedad y de amor ; calma nuestra fatiga 

de infinita tristeza, 
¡ oh, Sol Padre que amaron todos los trovadores, 
todos los que conquistan el oro de la espiga, 
lodos los que persiguen un sueño de belleza ! 



¡ Oh, Sol Padre, que pones un fulgor de placeres 
en los ojos extraños de todas las mujeres ! 



¡ Y cuando en un eterno loarte las campanas 
elevan a ¡os cielos ese vibrante coro 

de sus almas piadosas, 
asciende a ti el perfume de las rosas tempranas 

en una misa de oro 
en la que vibra y triunfa el alma de las cosas ! . . . 



Tú, que curas las llagas de todos ios dolores, 
Padre Sol, líbranos de estos hondos amores ! 



CANCIONES DE LA MUERTA 45 



i Y cuando en un glorioso despertar de los huertos 
las campánulas rompen sus capullos morados, 

al influjo potente 
de tu lumbre creadora, en los campos abiertos 

por los fuertes arados, 
estalla el vigoroso canto de la simiente ! 



i Padre Nuestro, que ríes con sonrisas eximias 
en la dulce alegría de todas las vendimias ! 



Augusto Padre Nuestro, que curas toda herida 
y en la frente de todos los troveros pusiste, 
en un rayo de luz, un destello sagrado, 
¡ yo te ofrezco mi alma, yo te ofrezco mi vida, 
— toda mi vida, Padre, una flor que tú hiciste 
florecer en perfumes de perdón y pecado ! 

Bajo la eterna gloria de tu luz bella y fuerte, 
libra a mi alma, Padre, del dolor y la muerte ! 

Santificada sea para siempre tu lumbre 

ahora y en la hora de nuestra pesadumbre ! . . . 



CANCIONES DE LA HUERTA 47 



PARA DESPUÉS 



Atardece . . . 

Es un divino 
y dulce y sombrío ocaso 
lleno de lumbre y de oro, 
pleno de trinos de pájaros . 
Sobre los árboles tristes 
el viento susurra un largo 
e interminable preludio . . . 
En los rosales del patio 
las rosas tardías lloran 
lluvias de pétalos pálidos . . . 
Y el cielo es hondo y azul, 



48 JUAN M« ÓLIVER (hijo 



V el viento sigue llorando 
la sonata dolorosa 
de la tarde de los campos . . . 
En la gran paz del crepúsculo 
lleno de sueños lejanos, 
siento el vuelo de las rimas 
que tienen alas de pájaros . . . 



Talvez un día . . . después . . . 
mañana... ¡quién sabe! — el vago 
declinar de otro crepúsculo 
encuentre como hoy, amargo 
mi decir . . . Quizá mañana 
habré perdido ese santo 
sueño de toda mi vida, 
cuando rompe los arados 
la buena tierra y los surcos 
son de semillas colmados, 
y el aire es suave y tranquilo, 
y el sol, desde el cielo claro, 
glorifica tanta pena, 
bendice tanto trabajo ! 



CANCIONES DE LA HUERTA 49 



Quizá mañana, bien mío, 

o después, — ¡quién sabe cuándo! 

al descansar de esta pena, 

al renacer de este largo 

ensueño, seré más triste 

y me encontraré cambiado, 

con otra esperanza y otra 

alma talvez . . . Sin embargo 

habrán vuelto los rosales 

a florecer en el patio 

y todos los versos míos, 

frente a frente del ocaso, 

volverán, — como los viejos 

dormidos hace cien años 

en un cuento, — y serán nuevos, 

y dejarán a su paso 

i toda una gloria de sol 

piena de trinos de pájaros ! 



CANC/ONES DE LA HUERTA 51 



PASÍON ANTIGUA 



Yo quería ofrecerte toda mi pobre vida 
para que la curaras de su mal; ¿no has visto 
que junto al corazón tiene una herida 
como la que tenía el Señor Jesucristo? 



Es el mal de los viejos y pasados amores 
románticos y puros. Como en el romancero, 
tengo la viva sangre de los conquistadores, 
un corazón hidalgo y el alma de un trovero. 



52 JUAN M* ÓLIVER (hu:j 



Florecen en mi vida las pasiones bravias 
de los siglos de oro cuyas justas gloriosas 
dejaron en el fondo de mis melancolías 
un brillo de leyendas y un aroma de rosas ! 



Y este sueño que se abre como una flor extraña 
en mi alma, y la fe ciega, fuerte y adusta 
por la tierra que guarda en su fértil entraña 
el amor y el dolor de una raza robusta, 



¿No tornarán un día ese viejo heroísmo 
en afanoso apego de continua labranza, 
en ardor de vivir, en amor de uno mismo, 
en salud vigorosa, y en eterna esperanza ? . . . 



Cuando envuelto en el vago y sutil devaneo 
de ese sueño fecundo, en los pasos tardíos 
con que sigue la yunta sobre los surcos, creo 
que surgen de la tierra todos los versos míos ! 



CANCIONES DE LA HUERTA 53 



Vienen para mi vida, armoniosos y ardientes 
en su volar, heroicos como paños de guerra, 
i y voy echando al surco junto con las simientes 
lo más bueno y más noble que mi ánimo encierra ! 



Voy echando a los surcos la sangre de la herida 
que llevo sobre el pecho ; y mi fe honda y sana 
i ora porque esta sangre que brota de mi vida 
florezca en brotes de oro al sol de la mañana ! 



Después en mieses rubias... Y bajo el sol amigo 
que deja en nuestras frentes un largo beso de oro, 
¡ sueño que bravamente florecerá en el trigo, 
compensando mi vida, — mi lírico tesoro ! . . . 



Más tarde, en el molino rehecho, cuando el viento 
para moler el grano las aspas rudo azote, 
i en la sombra del pórtico, como en mi pensamiento, 
empolvado de siglos surgirá Don Quijote ! , . . 



54 JUAN M.« ÓLIVER (hijo) 



¡Déjame que me sueñe mis amores románticos 
al lado de mi arado de reluciente acero 
mientras echo a la paz de la huerta estos cánticos 
que tejieron su nido en mi alma de trovero! 



Y habré tornado entonces aquel viejo heroísmo 
en afanoso apego de continua labranza, 
en ardor de vivir, en amor de mí mismo, 
en salud vigorosa y en eterna esperanza! . . . 



CANCIONES DE LA HUERTA 55 



CUANDO EL ESTÍO SE VA. . 



Si he pensado siempre en ti 
fué porque, en medio a mi mal 
surgiste como un raudal 
de dulzuras para mí. 



Mirar como el tuyo no 
encontré nunca, querida; 
y así, en tus ojos, mi vida 
encantada se quedó, 



56 JUAN M.« ÓLIVER (HIJO) 



Hondos y puros refiejan 
toda la gloria de! cielo 
y ponen como un consuelo 
donde su mirada dejan. . . 



Romances de pesadumbre 
cuentan a los corazones 
y hacen brotar las canciones 
en sus derroches de lumbre. 



Hoscos y bravios son 
y en un infierno se trocan, 
cuando los celos provocan 
tormentas del corazón. , . 



Hay en ellos un profundo 
reposo de agua serena 
y copian toda la pena 
del estío moribundo, 



CANCIONES DE LA HUERTA 57 



cuando un oro suave y lento 
colora las muerías hojas 
y va dejando congojas 
en las ventanas, el viento. . . 



Guárdame siempre, querida, 
en ese divino encanto, 
i hasta que rompa el quebranto 
este cristal de mi vida ! 



CANCIONES DE LA HUERTA 59 



HÁGASE TU VOLUNTAD. 



Sin sombras ni reparos en la conciencia, labra 
las fases de tu vida como una escultura 
tallada en carne propia : en tu propia palabra 
hallarás el remedio de tu honda amargura, 



Hunde bien tus arados ! Sin piedad y sin calma 
labra de tu heredad esos cuatro terrones. . , 
i Cuanto más la desgarres para llegarle al alma 
más nobles y más fuertes nacerán tus pasiones ! 



60 JUAN M* ÓLIVER (hijo) 



No des reposo al hierro ! A tus rudos empeños 
abierta al so! y al aire, florecerá la tierra 
para colmar los grandes graneros de tus sueños 
con el loco desborde del tesoro que encierra. 



No des reposo al yugo ni a la potente mano 
rugosa por la lidia de la eterna labranza. . . 
¿no es acaso robusto tu pecho? ¿No es más sano 
tu corazón repleto de verdad y esperanza? . . 



¿ Qué otra gloria mejor que la gloria de verte 
en medio de tu huerta, bajo el sol que la inunda 
de fulgores y vida, y sentirte más fuerte 
cabe esa noble tierra desgarrada y fecunda ? 



Abre tu alma a todas los vientos. La montaña 
nos parece más grande cuando sola se muestra, . 
La voluntad que duerme en tu cálida entraña 
te dará la medida del poder de tu diestra. 



CANCIONES DE LA HUERTA 61 



Ah ! Sé como esas olas que cavan en las playas 
su cuna de basalto luchando siempre solas. . . 
¡ Tú puedes ser el héroe de todas las batallas 
porque tienes la fuerza y el tesón de !as olas ! 



Tú puedes ser el Cid Campeador de esta guerra 
que te dará los oros de invalorable cuño, 
i porque tu alma está llena del amor de la tierra 
y tienes a los dioses amarrados al puño ! 



CANCIONES DE LA HUERTA 63 



LA TIERRA 



Toda llena de gracias eres, toda llena 
de bien y de piedad. . . 

Los hombres todos 
buscan refugio en ti, porque tú eres 
la eterna madre del perdón, la fuente 
de donde mana plácida la vida 
continuamente renovada y siempre 
soberbia y fuerte y plena de belleza. 
Todo reposa en ti y de ti misma 
surgen las fuerzas todas, — todas esas 



64 JUAN M.« ÓLIVílR (MIJO) 



desconocidas fuerzas milagrosas 
que rebosando todos los caminos* 
llevan hacia el dolor, hacia la gloria, 
a la miseria o a la muerte . . . 



Tienes 
un alma única y diversa, como 
esa clara hija tuya, que naciendo 
de tus propias entrañas, te rodea 
con un enorme abrazo interminable 
de fuerza y de salud. . . 



Llana y ubérrima 
y colmada de sol, das a los hombres, 
— a la penosa vida de los hombres 
que son tus amos y tus hijos, — toda 
la amplitud de la tuya, la serena 
paz de los corazones, la fecunda 
tranquilidad amable de tu espíritu 
milagroso y profundo. 



CANC/ON'ES DE LA HUERTA 65 



Alfa y recia, 
quebrada por las ásperas montañas, 
fijas en las honduras de las almas 
la ruda perspectiva de tu suelo, 
tu rigidez austera, tu dureza . . . 
Y al abrirte en los valles, donde el surco 
encauza los desvelos de los hombres 
que rebuscan las fuentes de la vida, — 
te das toda al amor y a ¡a esperanza 
y haces brotar de tus entrañas fértiles 
— tal como de la entraña de la madre 
el hijo fuerte, — la cosecha pródiga, 
desbordante del trigo . . . 



Todavía 
no puedo comprender ese misterio 
oscuro de '~s lazos con que atas 
las pasiones rumanas a tu vida 
de inagotable bien, soberbia madre 
de los titanes. . . 



66 JUAN M« ÓLIVER (hijo) 



Sé tus ansias 
sé tus vigores todos, sé que guardas 
bajo tu piel costrosa los tesoros 
inagotables que crearon tantas 
tragedias hondas y leyendas rudas . . . 
sé que nos llamas en la plena vida 
de tu pasión renovadora, pero 
no puedo penetrar la sutileza 
de ese imperio que ejerces en los hombres 
que, más que ser tus hijos o tus amos, 
aspiran a ser dioses . . . 



Porque luego 
que esquilmaron tus pechos, que dejaron 
exhaustas tus arterias, — sin que nunca 
sintieran el latido de tu sangre ; — 
luego que desbordaste tus riquezas 
por ellos sólo y sólo para ellos, 
renegaron de ti, como el Apóstol, — 
y de í : se apartaron como de una 
mujer leprosa, ruin o miserable ! 



CANCIONES DE LA HUERTA 67 



Y sin embargo, ávidos, ardientes, 

desesperados de tu amor, los hombres 

forman la eterna ronda de la vida 

que va y viene de ti, — esa cadena 

de la que todos somos eslabones 

y que el Destino pasa entre sus manos 

de tiniebla y de muerte, como un trágico 

rosario de dolor, en cada una 

de cuyas cuentas vibra un alma humana 

vencedora o cruel o mendicante . . . 



Hoy vive mi pasión este poema 
porque has surgido frente al Dios sombrío 
toda llena de gracia. 



CANCIONES DE LA HUERTA 69 



LA SERENATA 



A mi hija Ada Negri 



Música de la Iriste serenata 

que todavía está llorando el viento 

en la reja que guarda mi ventana ! 

Música dolorosa 

que traes, en la extraña 

larga meditación de los violines 

y en el llanto de agua de las flautas, 

¡ la desesperación de los amores 

que no pudieron ser dentro del alma ! 



70 JUAN hAfi ÓL1VER (hijo) 



Desgarradora música que suenas 
en medio de esta noche desolada, 
bajo la seducción dei cielo claro, 
bajo la luna blanca. 

— y te vas con el fresco de la brisa 
que recogió en sus alas 

aromas y suspiros, 
y besos y romanzas, 

— i aromas de olorosas madreselvas, 
suspiros de mujeres angustiadas ! 



Seren^ uendición de esa armonía 

que llora en el compás de las guitarras 

en el silencio de la noche honda 

que hace nacer las nuevas esperanzas, — 

mientras velamos el tranquilo sueño 

de la hija mimada, 

y se nos llena el pecho de cariños 

y los ojos de lágrimas, . 

al largo murmurar de tu cadencia, 

— i música de la triste serenata ! 



CANCIONES DE LA HUERTA 71 



¿Que Romeo bebió tanta tristeza 
que llenó hasta los bordes de su alma 
y no pudiendo más llevar su copa 
la derramó esta noche en la ventana 
llena de sombras suaves, 
florida de claveles escarlatas ? 
¿De qué serena fuente de armonía 
brotó esa pena dolorosa y lánguida 
que medita el dolor de los violines 
y sollozan las flautas? 



Acaso muda el alma de la novia 

esta noche lloró tras la ventana 

sobre su corazón muerto de amores, 

i y no sentiste palpitar sus lágrimas ! 

Acaso un largo beso de quimera 

se enfrió tras el cristal, — y las guitarras 

recogiendo en su seno su armonía, 

su eterna desperanza, 

la lloraron en todas tus canciones 

— i música de la triste serenata ! 



72 JUAN M.o ÓLIVER (HUO) 



La primavera amaneció más pura 
y otro sol ha salido; pero el alma 
tiene el contagio de tu pena honda 
y ni siquiera sé cómo te llamas, 
ignorado poeta que esta noche 
lloraste tu dolor en la ventana 
donde florecen como heridas nuevas 
manojos de claveles escarlatas. . . 
Pero sé que de hoy y para siempre 
volverá tu canción para mi alma 
con la meditación de los violines, 
con el largo lamento de las flautas, 
con el fresco suspiro de la brisa, 
con el dulce compás de las guitarras, 
con el sueño tranquilo de mi hija 
y con las madreselvas de las tapias, 
— ¡Romeo de la lírica tristeza, 
música de la triste serenata ! 



DOS JUICIOS 



LOS CREPÚSCULOS 

POR JUAN M.a ÓL1VER (HIJO) 



Cada vez que, como en la ocasión presente, ha caído 
en mis manos un hermoso libro de versos de un poeta 
nuevo, un sacudimiento íntimo de regocijo ha sacudido 
mi corazón. Son tan numerosos los vates que escriben 
tonterías o vaciedades-, bajo la égida de un trasnochado 
decadentísimo, que el hallazgo de un espíritu verdadera- 
mente poético sincero y fuerte, libre de capillas y de es- 
cuelas, de modas y de alifafes, justifica aquel regocijo. 

El nombre de Juan M.a Oliver no me es desconocido. 
Alguna vez, hace mucho tiempo, ha llegado a mis 
oídos. Sin embargo, la ocasión no debe haber sido me- 
morable, porque ese recuerdo es sumamente vago. Una 
revista o periódico debe haberme traído ese nombre al 
pie de alguna composición; pero no rrbía sido ella su- 
ficientemente evocadora para grabar en mi cerebro la 
huella lumínica que hace perdurable una impresión. En 



- IV 



fin, esto no hace al caso. Lo indudable es que la sensa- 
ción de arte que hoy me procura Juan M.a Oliver con 
algunos de sus versos es robusta y firme: difícilmente 
podré ahora olvidarme de su nombre que, me atrevo a 
predecirlo, conquistará justa nombradla en las letras na- 
cionales. 

Porque en las distintas composiciones que componen 
este rápido y hermoso librito — editado primorosamente 
por la casa Bertani, nue ya va adquiriendo una exce- 
lente reputación con sus constantes esfuerzos para divul- 
gar las obras de nuestros escritores, — se advierte un 
espíritu poético promisor de más altos y deslumbrantes 
vuelos. Alejándose, con muy feliz acuerdo de las lloronas 
vulgaridades de un romanticismo en desuso, así como de 
los encalambrinamientos de las frases huecas de un mo- 
dernismo * pour l'exportation » el novel poeta nos abre 
ingenuamente de par en par las puertas de su alma, de- 
jándonos ver, a la primer ojeada, todos los tesoros que 
en ella anidan y refulgen. 

Aunque he de contrariar aquí el decir del prologuista 
de este libro de versos, que es un joven de un hermoso 
talento, tal vez el talento más hermoso de todos los de 
la nueva generación, cuando afirma que Los Crepúsculos 
c es la obra maravillosa del silencio», no me detendré en 
hacerlo, porque sé que en esto de las sensaciones íntimas 
cada uno las experimenta según el estado de su propio 
ánimo. Tal vez el feliz prologuista, Francisco Alberto 
Schinca, en una hora de reconcentración y melancolía, 
advirtió con alma de poeta — porque él también es un 



gran poeta a su modo — ese silencio elocuente con que 
alternan las almas en las fastuosas "soirées» del espí_ 
ritu. Yo, en cambio, que he empezado a leer Los Cre- 
púsculos con el descuido y poco entusiasmo con que se 
suele abrir el libro de un autor nuevo, me he encontrado 
de pronto deslumbrado ante la sorpresa de una poesía 
que es la obra maravillosa de la vida zumbadora. 

Esta es, en efecto, la impresión que me causan los 
versos de Los Crepúsculos : una impresión de vida 
sana, rumoreante, perfumada. Todas las voces de la na- 
turaleza campesina se orquestan en esas estrofas cons- 
truidas sin amaneramientos ni giros afiebrados. Un aliento 
suave y matinal recorre el paisaje de las cuartetas, em- 
briagándonos con el aroma de las florecillas silvestres. Y 
el prado canta, abierta las entrañas al Sol fecundo; y 
los árboles, tendidos sus cordajes a los caprichos inspL 
rados del viento, cantan también melodías salvajes y pri- 
mitivas; y el agua de los arroyos, limando guijas y ser- 
penteando guijarros, canta himnos de límpida frescura; y 
la luz, trepando por los confines remotos, canta sus cla- 
rinadas de vida y resurrección: todo, todo invalida aquí 
el silencio y llena el corazón de rumores y armonías, ha- 
ciéndole presentir los arcanos de ia vida y las ebriedades 
del florecimiento. 

El mismo poeta nos habla cariñosamente de su musa 
en una fresca y lozana composición dedicada al señor 
Schinca : 



- VI - 

« No quieras encontrarla 
Ahí, bajo ese cielo, 
En la quietud solemne de esas playas 
Donde canta sus salmos el pampero; 
Búscala por los campos, 
En la paz de los huertos 
Donde rezan los pobres labradores 
El credo de la vida, entre los viejos 
Alamos que resuenan como liras 
Al soplo de los vientos. » 

Y es esta musa huertana, palpitando vida, sonora como 
un corazón, fúlgida como una gota de rocío, la que ins- 
pira los más hermosos versos del poeta, la que lo acom- 
paña en sus dolores, la que bulle en sus alegrías. Ella 
en sus arrebatos de amor sabe ser discreta e ingenua, 
entusiasta y noble, cual en los versos : 

« A veces en el aire caliente del crepúsculo, 
Cuando cansado busco la sombra de la vid. 
Parece que los vientos trajeran algo tuyo; 
Como un perfume humilde de flores de maíz. 

A veces, de las rejas de los arados viejos 
El sol arranca un rayo de acero, vivo y cruel. 
Y adquiere un alma y vive el reluciente acero. . . 
¡ Palpitan tus pupilas en el reflejo aquel ! 

En torno de los rojos claveles de mi huerto 
Desatan las abejas su vuelo zumbador, 
Como cuando buscando las flores de tus besos, 
Sollozadora y dulce, te ronda mi canción. • 



- VII 



Y en las horas de desesperanza, en las agrias horas 
de las lágrimas, ella, la musa campesina y buena — la 
misma, acaso, que inspiró un día al autor de los Aires 
murcianos, — es la que exclama : 

« Te vas. . . La farde baña con esplendor de oro 
Las copas de los árboles que el vienfo hace llorar. . . 
Yo veo allá, muy lejos, tu rostro melancólico 
Que se envuelve en la dulce sombra crepuscular. . . 

Te vas. . . En las extrañas misas de mi tristeza 
Eras mi virgencifa, mi ídolo inmortal: 
Para mi pobre alma brillabas con la eterna 
Maldita y adorable fascinación del mal ! » 

Y esta frescura huertana, este rumorear de vida, estos 
aromas sencillos son precisamente, los atributos que más 
nos encantan en la poesía de Juan M. a Oliver. Con 
ellos obtiene los más hermosos éxitos y las más delicadas 
impresiones. No podemos menos que felicitarnos de ello 
y de encarecer al poeta que prosiga en esa senda, con 
la seguridad de que obtendrá, en lo futuro, sus más se- 
ñalados triunfos. Ya estamos ahitos de esos otros vates 
que nos hablan de los trianones y jardines versallescos, 
que nunca han visto, como no sea en Rubén Darío, y 
que olvidan, o no saben, que en nuestra tierra hay fabulo- 
sas riquezas vírgenes, inexplotadas. 

El autor, pues, de Los Crepúsculos, al obedecer hu- 
mildemente a su numen, que le lleva come de la mano 
por los prados floridos y las campiñas treboladas de la 



Vlil 



patria, ha revelado ser un espíritu sincero. Y como tal, 
ha triunfado. 

Acaso la nota, eminentemente melancólica, señalada 
por el señor Schinca, se encuentra en algunas composi" 
ciones de este libro, — principalmente en la que lleva el 
título de Ensueño; — pero con ser ésta una de las más 
hermosas del libro, no es, ni con mucho, la dominante 
ni la que constituye la esencia del alma del poeta. Es 
cierto que en El Ensueño hay una 'quietud mística», una 
'inefable serenidad», engendradora de tan rara y suges- 
tiva belleza que no podemos menos de celebrarlas. 

Así en los versos 

* Oye : el En. c 'eño tiene sublimes armonías 
El Ensueño es un pájaro de plumaje de seda 
Que solloza en las fardes dolorosos y dulces' 
Las baladas extrañas del país de la niebla. 

El vuelve a fus manos sus ojos tranquilos 

Y ai mirar el blanco de fus manos recuerda 

El marfil de los Cristos dolientes, amargos y frisfes. 

Que guardaban las viejas abuelas 

Con los largos rosarios bendifos, y antiguas 

Estampas de sanfos y mártires de rostros de cera ». 

Y es cierto, también, que esa misma nota doliente y 
misteriosa, que engendra los grandes poemas del silencio, 
triunfa en la poesía 'Pobre vida», de un hálito genuina- 
meníe d annunciano. Pero ella, mas que el signo de un 
alma determinada es la caracterísca de todos los jóvenes 



IX 



de estos tiempos, y de los tiempos pretéritos tambi i, 
que han proclamado la inmensa 'non curanza», el in- 
menso desaliento de Leopardi, disfrazando sus cabellos 
juveniles con el hielo plateado de las canas. A los veinte 
años, no hay corazón de poeta que no proclame el hastío 
de la vida, el pesimismo en el amor, y la incurable amar- 
gura de su alma. Yo creo que por la sencilla razón de 
hallarse aún muy lejos de la tumba es que se habla con 
esa tranquilidad pasmosa del dolor y de la muerte. 

Celebremos, pues, al novel poeta que ha sabido en 
moldes elegantes y nuevos, pero no por ello menos sen- 
cillos y justos, he' 'arnos de nuestra naturaleza y de su 
propia alma, y aprestémonos para recoger los frutos sazona- 
dos de su numen, que ya denuncian, para un porvenir 
no lejano, esta floración primaveral de su primer libro. 

V. P. A 

(De El Tiempo). 



VOCES LÍRICAS 

"LOS CREPÚSCULOS" 



Un poeta joven, de musa tan emocionada como emo- 
cionante, un inspirado y nuevo cantor de les dulces mar- 
tirios del corazón en pena de amor, ha venido, de lf 5 
lejanías del campo, a entregar al ciego y contradietc o 
debate de la ciudad sus primeras canciones de devoción 
y de queja. Juan M. a de Oliver (hijo) acaba de aparecer 
en la arena de las justas, con la tranquila firmeza del que 
se siente fuerte y se sabe bienvenido. Todo es oro fino lo 
que trae en sus alforjas, todo es riqueza de legítimo cau- 
dal, lo que ofrece a la discusión de las tribunas litera- 
rias y al deleite de las muchedumbres sensibles, que sólo 
saben de los gratos sabores. Poco auxilio pidió ai artifi- 
cio de la rima y a la retórica ampulosa y relamida, para 
componer esa magnífica joya lírica que se llama verso, 



— XII — 



para decir, en bellísimas formas, cuanto sufre y cuanto 
espera un aln j, cuantas cosas amables ha soñado, al 
apagarse el día, y cuantas ilusiones lleva hiladas en el 
eterno telar de la imaginación. Enfermo de tristezas con. 
movedoras — martirios del corazón, desmayos de la con- 
quista — el poeta canta, nostálgico y quejoso, al silencio 
de las tardes moribundas, a los crepúsculos sangrientos 
que pasan huyendo a la deriva, a la huerta perfumada 
con flores que nadie cogerá, a la senda solitaria huérfana 
de pasos amigos, al pío del pájaro sin nido y al viento 
que llora su sollozo en la lira palpitante del árbol. Con. 
denado errabundo por una Arcadia abandonada, lanza 
sus lamentaciones a todas las cosas que dicen belleza y 
dulzura, calor de vida y gloria de juventud, alegría di- 
chosa, ansias de infinito — porque ellas, una a una y 
juntas, le evocan los inolvidables encantos de su amada, 
lejana ya, de su amada campesina que tenía hermosas 
las mejillas, bullicioso el espíritu y fuego inextinguible a 
lo largo de las venas. 

Juan M. a Oliver es de los pocos poetas que florecen 
por estos tiempos de modernismo extravagante y hueco, 
no ha pensado en ser original antes de buscar den- 
tro de sí ese ruiseñor encantado sin el cual las nueve 
hermanas no fecundan. Con la pureza de las vidas sen- 
cillas y llenas de generosos fervores, elogia todas las 
cosas buenas y bellas de la naturaleza, ámalas con la 
humildad venerante del hechizado de milagros, con la 
ternura débil y atónita del creyente que se halla obra y 
espejo de un dios, llámese Zeus o Brahma, Cristo o Ma- 



— X11I 



homa. Comprende la vida y por eso sabe idealizarla, 
adorar sus mil formas y sus mil transformaciones, pros- 
ternarse sobre la lujuria del huerto pródigo, para sentir 
palpitar junto a su pecho el ritmo todopoderoso. 

Libre de las contaminaciones de la ciudad, de los 
aturdimientos de la lucha entre la muchedumbre, de los 
techados que amenguan el cielo y de las mezquinas pa- 
siones que envenenan el alma, Oliver se encuentra in- 
menso en la inmensidad de los campos hermanos y ami- 
gos, bajo la amplia protección del azul. La inmensa sa- 
via joven, lozana y pujante, siente correr por sus venas. 
La misma paz divina en su espíritu, idéntico amor en su 
corazón. Sabe el poeta que nada existe más noblemente 
purificador que la Naturaleza. Quien penetra en ella co- 
mienza a ser bueno. Quien la sigue avizor y constante, 
a través de todas sus revelaciones, es bueno siempre, es 
bueno más allá del alcance humano, por encima de la 
moral de los hombres y del juicio de los censores. Fuente 
eterna de salud que cicatriza todas las heridas, madre 
generosa que da sosiego a todas las fatigas, su protec- 
ción es el supremo bien y la suprema conquista. A su 
lado las pupilas se llenan de encantamientos desconoci- 
dos, y las cosas adquieren una belleza mágica de una 
existencia superior. Cualquiera de vosotros que no haya 
sentido nunca sonar en su espíritu ese minuto de gran- 
deza y de éxtasis sugerido por la maravilla del Cosmos, 
no ha logrado alcanzar todavía las cimas de la felicidad 
absoluta: no conoce aun qué suerte de dios todoventuroso 
es él, que tiene para su goce y su soberanía, un prodi- 



XIV 



gio tal, eternamente serio y eternamente renovado. El 
sentimiento de las infinitas interpretaciones, la vibración 
continua del ser ante el espectáculo de la vida en mar- 
cha, despierta al poeta que se sospecha dormido en el 
fondo de todas las almas, y lo lleva a loar, a ensalzar 
en himnos vehementes, la inefable dicha de vivir y la 
gloria inmerecida de comprender. Oliver es uno ele esos 
revelados, uno de esos milagros líricos, surgido al impe- 
rioso conjuro de este otro milagro de la materia que se 
llama la Creación, desde la nube que pasa hasta el insecto 
imperceptible. 

Como todo bardo de legitimo oriente, tiene una dama 
a quien ofrendar los ríos sonoros de su musa campesina, 
tiene un alma de luz y de alas a quien adorar como un 
ídolo y como estrella de su destino. A través de sus 
canciones dolientes pasa la imagen de su novia, de su 
santa * virgencita » , evocada en todos los resplandores 
lejanos del recuerdo, que camina paso a paso, por los 
días, resucitando ardorosas caricias y besos de fuego, 
despejando instantes de emoción, obscurecidos por la 
sombra implacable del Tiempo fugitivo. Para ella son las 
más hondas ternuras, las extremas alabanzas, los más 
armoniosos poemas de su vibrante inspiración. Bendecida 
seas tú, su mujer amada, que supiste ^or la voluntad de 
tus manos y de tus labios, y por la angustia de tus que- 
rellas, hacer vibrar el cordaje melodioso de un espíritu 
canoso que enmudecía en la inmovilidad del silencio; ben- 
decid seas, aunque el mal de tu amor y de tus duelos, 
no haya puesto en la voz de sus canciones, más que 



XV - 



lágrimas y amarguras. Tu existencia fué el so! y fué la 
Meca de esa alma ingenua y límpida, como la ninfa can- 
dorosa de una ría. Tú hiciste, como el sagrado milagro 
de la Primavera, florecer del misterio de su corazón, los 
jardines maravillosos de sus versos, que muchos días se 
durmieron extáticos, bajo la decoración insigne de los 
crepúsculos de púrpura. 

Sería ocurrencia peregrina buscar comparaciones a este 
poeta. Oliver no es más que él mismo, y con ésto que- 
remos encarecerlo. Expone su drama interior, las aluci- 
nadoras visiones de su ensueño y sus encantos estéti- 
cos, valiéndose de los moldes impersonales y de las 
euritmias más adaptadas a las explosiones de su fuego 
lírico. Su musa no mariposea por las escuelas, ni 
detiene servilmente para lomar e! compás de un estilo. 
Reina de los campos abiertos al infinito, no admite cor- 
seletes que ahogan para acicalar, ropajes de moda que 
embellecen con su artificio, pero que matan con su 
vulgaridad. Schinca en el admirable prólogo de Los Cre- 
púsculos, la ha consagrado, y si así no fuera, bastaría 
leer * corazón adelante » , los hermosos versos * El 
ensueño » , ' Mi cancionera > , * Atardecer » , * Tu amor » , 

« Pobre vida. . . » , ' Hacia tus ojos » , ' Humildeza » y 

* Ultimo acorde » . 

A Juan M. a Oliver, poeta y amigo, mi homenaje. 

Manuel Medina Befancort 
(De El Día) 



NDICE 



ÍNDICE 



Página 

Dedicatoria 5 

Bajo el sol de otoño 9 

Creo en ti, madre tierra 13 

Los claveles 17 

Vidas hermanas 21 

Ultimo florecer 25 

Ese mal de mi vida, . . 29 

Como un Ave María 33 

La lluvia 39 

Sol, Padre Nuestro 43 

Para después 47 

Pasión antigua 51 

Cuando el estío se va 55 

Hágase tu voluntad 59 

La tierra. 63 

La serenata 69 

Dos juicios 73 



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PQ Oliver, Juan María 

8519 Canciones de la huerta 

053C3